La Sopa Boba

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Por  Iñaki Alava

Aunque su significado es similar en castellano que en inglés, la versión española de la palabra, tiene connotaciones despectivas. Ambos términos, se refieren a la sopa hecha de sobras, que de forma generosa, se daba en los comedores sociales y anteriormente en los hostales-restaurantes, a los necesitados que no podían pagar un menú. La diferencia, es que en España, muchos bardos, cantantes y artistas callejeros, pagaban el gesto con una pequeña actuación y terminaban haciendo de ello su modo de vida, de ahí el término adicional en castellano de “vivir de la sopa boba”.

Hoy en día, muchos jóvenes y algunos no tan jóvenes, tienen como objetivo vital el “vivir de la sopa boba”, sin saber, que la sopa probablemente, no es tan “boba” o trivial como parece.

Hay pocas cosas tan reconfortantes, como una buena sopa o un caldito caliente un mediodía en invierno, en esos días en los que el frío y la humedad, parecen acechar en la puerta de casa. Hace poco tiempo, he tenido la oportunidad de tomarme una reconstrucción (modernizada), de una sopa mesopotámica/egipcia, basada en cereales, malta y dátiles. Francamente buena y reconfortante, a pesar de estar basada en algo que los humanos conocemos y usamos desde la antigüedad.

¿Qué tiene de especial la sopa, que la hace presente en todas las culturas? ¿Por qué es tan difícil, que una misma receta de sopa, le salga igual a dos cocineros? ¿Por qué es tan reconfortante? En definitiva ¿Es realmente “boba” la sopa?

El caldo de pollo, que tan nutritivo nos resulta, tiene prácticamente la misma composición que la “sopa primordial” que dio origen a la vida sobre la tierra, aminoácidos, ácidos grasos, vitaminas, algún azúcar,compuestos inorgánicos, agua y sales. En más de un sentido, seguimos siendo parte de esa “sopa original” cuya composición, no difiere mucho del plasma de nuestra sangre.

Las primeras sopas se realizaban en cuencos de piedra en los que se añadían los sólidos disponibles, agua y piedras calentadas al fuego, esto producía unas sopas tibias, pero que mantenían sus propiedades reconfortantes. Todavía hoy día, algunas técnicas culinarias son herederas de estas sopas paleolíticas, como el Dobin mushi, japonés y el kaiku de madera para la leche del País Vasco.

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Técnicamente cualquier sopa es una lixiviación. Es decir una transferencia de sustancia desde el sólido al líquido circundante. Sin embargo, cualquiera que haya hecho un ensayo de lixiviación de materiales para hacer medida de los contaminantes en el medioambiente, sabe lo difícil que es la repetitividad de este fenómeno.

La velocidad y distribución de los compuestos liberados desde el sólido (erogación), es muy variable y depende de muchos factores (tamaño del sólido, concentración relativa, liquido empleado, etc…). En la sopa, sucede exactamente lo mismo. Incluso el recipiente, también puede influir en el resultado final, al lixiviar algunos compuestos indeseados (plastificantes, metales pesados…).

También en algunos casos, los propios alimentos liberan compuestos anti-nutrientes, sobre todo en sopas frías, de semillas. El calentamiento de la sopa acelera los procesos de liberación de nutrientes y neutraliza muchos de estos compuestos anti-nutritivos. Según un trabajo de la Universidad de Purdue ( Richard Mattes, Physiology & Behavior, Volume 83, Issue 5, 17 January 2005, Pages 739–747) el efecto saciante de la sopa se debe en gran parte a factores cognitivos, es decir, la sopa nos llena, porque creemos que nos llena y reconforta.

Ya vemos que la sopa es cualquier cosa, menos “boba”. En realidad, somos los humanos los “bobos”, que creemos a pies juntillas cualquier cosa que nos dicen. Hay muchas leyendas urbanas alrededor de las sopas: que si la sopa de ajo es buena para las resacas, que si la sopa de azofaifa es buena para la regla, que si la sopa de cebolla engorda la… Bueno, eso lo contaremos otro día.

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