Infanticidios Gastronómicos

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Por Julián Otero

El ser humano es hedonista por naturaleza. Sólo tenemos que fijarnos en ciertos comportamientos gastronómicos que tenemos y que buscan sin lugar a duda el placer más absoluto. Somos gourmets con los gustos más extraños, gustos locales y anacrónicos muchas veces. Gustos inducidos que consideramos de lo más natural.

Hoy quiero centrarme en algo concreto, en lo que parece que no solemos recapacitar muy a menudo. En España se consume gran cantidad de animales que apenas han llegado a la adolescencia. Parece que nos da igual comer unas angulas que apenas han nadado unos días o un cochinillo recién destetado. ¿Por qué ocurre eso?

Los alimentos considerados de lujo ayudan a estratificar socialmente a las poblaciones. Es importante para que una persona pueda avanzar en una sociedad que la comida esté en consonancia con ese nuevo estatus que busca. Esto pasa con otros muchos casos ajenos al lujo, como por ejemplo, que el simple hecho de comprar y consumir una determinada marca de cerveza pueda reforzar o cambiar tu relación con la sociedad cercana. Aún me acuerdo el “mal trago” que pase volviendo a mi Galicia natal y no pidiendo una Estrella Galicia…

Una comida de lujo tiene que tener unas características fundamentales como la necesidad de que el alimento sea escaso en el medio, o que cueste producirlo. También existen productos que se consideran de lujo por ser exóticos, o incluso en la prehistoria los alimentos con más grasa que otros eran considerados los alimentos para las élites. Esto tenía más sentido hace unos siglos cuando la tecnología alimentaria hacía que nuestros recursos fueran más escasos y sólo se pudieran permitir sacrificar un cordero lechal en las casas más pudientes. Hoy los productos de lujo han cambiado y -aunque las angulas sigan siendo prohibitivas- hemos empezado a consumir terneras, cochinillos o corderos lechales como nuestra comida habitual. Nuestra biodiversidad alimentaria cotidiana es tan amplia y abundante que nunca en la historia hemos consumido tanta variedad de especies animales y en tanta cantidad. Somos opulentos.

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El otro día hablaba con un flexiteriano, él se considera vegetariano, pero de vez en cuando, si la ocasión lo merece, consume carne. Eso sí, no cualquier carne le vale. Tiene que ser como mínimo un buen jamón o un chuletón de quilo recién salido de una buena parrilla. Yo, haciendo amigos como de costumbre, le pregunte qué le parecía el tema de comer animales en su periodo de crecimiento y me respondió algo digno de reflexión:

“La gente que consume animales tan pequeños no entiende de sabor. Son animales que no saben a nada. Las angulas por ejemplo, son más un mito que otra cosa. Están mejor las anguilas. Yo no como nada en estado junior. ¿Es acaso mejor un cochinillo que un cerdo entero cocinado de la misma manera?”

Quizás estas comidas nos dan placer solo por el hecho de que hemos interiorizado que al ser una comida de lujo es mejor. ¿Pero porque no pasa lo mismo con los pezqueñines? ¿O con un pollo recién salido del cascarón? ¿Por qué una langosta cuanto más grande, mejor?

Yo tampoco lo voy a pensar mucho y voy a seguir comiendo cochinillo cada vez que pueda. Eso sí, planteo un reto gastronómico a los aventureros. Busquen una cría de su animal favorito, no juzguen si es un gatito o un pequeño pato con sus suaves plumas, y cocínenlo. Háganlo a la parrilla, frito o en su mejor guiso. Acompáñenlo de una buena ensalada y el vino con la etiqueta más moderna posible. Despojémonos de nuestros principios y probemos si todos los infanticidios gastronómicos son un manjar. Y quien sabe, a lo mejor nos sorprendemos.

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