Come come que te pillo: reflexión gastronómica

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Por Fernando Huidobro

El rollito gastronómico marida que te cagas con la sociedad actual. De ahí su éxito, de ahí su prendimiento cual reguero de pólvora. Una sociedad acelerada a tope cuya finalidad primera es la búsqueda activa, machacona e incesante, del placer general, de todo posible disfrute y su buen provecho inmediato, es perfecto caldo de cultivo para todo lo culinario.

Una sociedad en la que todo individuo, todo bicho viviente, se considera triunfador mientras mayor tipo y número de vivencias, si cortas y puntuales mejor, acumule, es idónea para una gastronomiedad en la que el foodie vaya tachando en su agenda gastró todo restaurante que esté en las listas de los estrellatos top of the pops.

Sí, un pop-up continuo con el que sentarse y levantarse sin tregua de mesas de restoranes es el culmen de todo gastronomista de postín, envidia de cuantos no pueden o no llegan y paroxismo y éxtasis de quienes, afortunados, si pueden hacerlo y lo hacen. Esta persecución acelerada por pillar tooodas esas inolvidables experiencias culinarias que se ofrecen como rosquillas, es muy cool, se lleva, se ambiciona: come, come, que te pillo.

Nadie parece saber o querer distinguir entre vivencia y experiencia. Sólo alguna, a mi parecer, de cada mil podría ser llamada o tenida por experiencia verdadera, compleja y duradera en el tiempo y la memoria; las restantes son meras vivencias de pasar el rato, intenso y disfrutón tal vez, pero exiguas, prontas y perecederas, al momento, a la minute. Masticas, tragas y ¡hala! ya son pasado prescindible. A cagarla.

La gastronomía es una moda ad hoc a los tiempos que corren, y estos van a toda pastilla, entrecortados, sumando momentos, muchos, mientras más mejor, “pilla, pilla”, casi todos ellos iguales entre sí, en una sucesión entretenida que vuelve una y otra vez a lo mismo para empezar de nuevo, tratando obsesivamente de que nuevo y distinto parezca y sea cada acto, cada emprendimiento.

Entre descoloque y este desnorte atemporal armoniza a las mil maravillas con el comer y beber de una comensalía extemporánea que, aún ahíta, difícilmente terminará por satisfacerse, por estar satisfecha; en suma, por completarse. Y cuyo fin, posiblemente, llegue en breve y a destiempo.

Salvo la valla por mí y por todos mis compañeros, pero por mí primero.

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