Amanecer regiomontano

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Por Lalo Plasencia

Desde hace cuatro años viajo muchísimo. Seguramente, querido lector, estarás diciendo que mis viajes te importan un bledo: ¿y a mí qué?, estarás diciendo, pero dame un segundo de tu atención y te diré por qué escribo sobre esto. Sí, paso un buen número de horas al mes en un avión, camión, o automóvil, otro buen número de horas en aeropuertos o estaciones para tomar un transporte, y otra cantidad similar tratando de comprender dónde estoy parado. Y para cuando empiezo a comprender, me tengo que ir.

Casi siempre mis viajes son así: ir y venir de una ciudad a otra, de una realidad a otra, de un tipo de gente a otro, de una manera de hablar a otra. De vez en cuando cambia el idioma, y cuando eso pasa cerebro y corazón se unen para estar a la altura de las circunstancias y adaptarme lo más rápido que se pueda.

Pero como sabrás, mi viajero lector, adaptarse en tan poco tiempo es imposible. El cuerpo –perfecta obra de la naturaleza- acelera el organismo para cambiar de usos horarios y sociales, alimentación y sueño. Ningún sitio es igual, eso es seguro, por muy pequeño o grande que sea, por muy rural o cosmopolita, por muy caluroso o frío, por muy montañoso o plano, simplemente todos los sitios tienen algo para mi; me llenan, invitan, convidan, seducen y hasta prometen.

Al viajar se conoce a muchísima gente. Pero el secreto no está en la cantidad sino en la calidad. Y porque la mayoría –por no decir que todos- los viajes son con motivos laborales, las relaciones planteadas van desde las más estrictamente laborales, hasta la generación de incipientes amistades, complicidades o entendimientos. Tener amigos bajo estas condiciones es complejo, por no decir muy, pero muy, complicado. Cuando se piensa en otro tipo de circunstancias personales no es diferente, pero nada es imposible, solo es difícil y laborioso.

Cuando se visitan ciudades del norte, sur, este y oeste del territorio mexicano es como ver la película completa: México es efectiva y regionalmente complejo, pero sus coincidencias son lo que me motivan y fascinan.

Cuando se visitan las mismas ciudades durante el año y por varios años consecutivos, se denota que las diferencias no están en las líneas sociales fundamentales, sino en los ritmos para su desempeño. Las sutilezas en la planeación y cumplimiento de sus compromisos, promesas, actividades o sueños. Se podría concluir que este ritmo está directamente relacionado con el clima que impere en la zona. Mientras que en las costas todo parece más lento, en las zonas del centro o montañosas es al revés.

En el sureste –mi base durante estos cuatro últimos años- los ritmos vividos, observados y muchas veces sufridos, son generalmente semi-lentos. En Puebla y Estado de México las cosas parecen tener un ritmo más acelerado, al fin son ciudades más próximas al Distrito Federal que tiene ritmo propio, de capital, de metrópoli. Guadalajara, sin dudas, es una gran ciudad con un ritmo propio. Bendita la Perla de Occidente.

Viajo2

Con sus bemoles, retruécanos, recovecos y complejidades naturales, Oaxaca es más parecido a su afamado queso: delicioso, con hebras finas solo comprendidas para los locales o los que tenemos –sí, mi madre es oaxaqueña- sangre local, y que al momento de separar una hebra hay otra más fina que está aún más enredada, más compleja y más difícil de descifrar. Oaxaca es divina, pero es complejo como ella sola, como el queso.

Y después llegas al norte. Ritmos distintos, contrastantes; verdaderos retos climáticos que fueron superados con tesón, voluntad y trabajo; con “jale” dijeran los regios.

En Chihuahua (estado y ciudad) me encontré con una complejidad única, que siempre espera paciente, serena, como en desierto, como montando a caballo. Tijuana merece hojas y hojas de reivindicación que ya se han escrito y que pueden y deben seguirse escribiendo. Es ya una de mis ciudades claves.

Porque has de saber, curioso lector, que desde hace varios se me metió a la cabeza seleccionar nueve ciudades de México como lugares trascendentales para mi persona y profesión. Y dejé que México me guiara y me puso en frente a: DF, Mérida, Oaxaca, Puebla, Chihuahua, Tijuana, Ciudad Juárez y Tuxtla Gutiérrez.

La novena es Monterrey. Desde hace tres años se ha convertido en espacio de renovación, en ejemplo de cómo construir mucho con poco, de cómo renovarse permanentemente sin perderse, de cómo utilizar el clima y las montañas como refugio, de cómo producir, generar y progresar.

Pero en todos estos años nunca había visto un amanecer mexicano desde un avión. Tres años para todos lados y nunca lo había presenciado. Y de pronto, antes de finalizar el 2014 un amanecer; como promesa, como llamado de atención.

Los atardeceres son nostalgia de lo que hubo, lo que fue, del día que está por terminar. Los amaneceres son recordatorios de lo que comienza. Amanecer entonces es oportunidad. Hueco para la renovación, para repensar y reflexionar.

Conversaciones alargadas, presentaciones que por poco no suceden, personas que son bendiciones y que se aparecen en momentos justos. Amaneceres en muchos sentidos. Oportunidades en todos ellos.

Sí, introspectivo lector, viajar es amanecer. En donde sea, como sea, pero siempre amanecer. Encontrar personas a quien admirar y agradecer por su presencia. Hallar a la orilla del aeropuerto el sitio ideal para intercambiar datos y promesas. Permitir que el frío nocturno y desvelado envuelva y arrope, y aun así continuar conversando. Dejar que los amigos funcionen como enlaces, y en la amistad volver a amanecer.

Sí, definitivamente 2015 es amanecer, inicio y perspectiva. Hace tres años todo cambió en Monterrey, todo indica que ahí volverá a salir el sol.

 

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